7.10 Pérdida del fuerte de Comorán

(24.07.1618? – 26.07.1618)



Golfo Pérsico (Comoran – Bandar Abbas)

Pocos días después de haber llegado de Persia á Ormuz el Obispo de Cirene, tuvo aviso el capitán que venían algunos mercaderes de Niquilu, Baçora y Califa, con cuatro ó cinco terradas de mercadurías y mantenimientos á Ormuz, como otras muchas veces lo solían hacer. Y movido de codicia de robar lo que aquellos cuitados traían, ó sígun se decia en Ormuz, por un desordenado deseo de venganza, habiéndole muerto los árabes Niqueluces, veinte y cuatro años antes, á don Rodrigo de Gama, su hermano, envió dos navíos de remo con cinquenta soldados que cruelmente degollaron estos pobres mercaderes en número de más de setenta, que sin hacer ningún genero de defensa, de rodíllas pedían merced de las vidas, y luego saquearon todo lo que venía en las terradas.
Las mujeres y parientes de los muertos, que con algunos niños llegaban á cuarenta personas, habiendo acudido al rey de Persia, y al Cham de Xiras, como á su gobernador de aquel distrito á pedirle venganza del caso, mandaron á Alaibec, lugarteniente del Cham ó Soltan, que residía en Xiras, que luego enviase la gente de guerra que había en la ciudad de Lara y en los otros lugares de aquel reyno para que sitiasen el fuerte de Comoran, en la costa de la tierra firme del Bandel. Aceleróse este sitio con más presteza, lo uno porque el rey de Persia deseaba que se le offreciese alguna ocasión para tomar aquella fuerza, y ansimesmo estar el Soltan de Xiras y su lugarteniente ya nombrado muy sentidos de lo que don Luis de Gama había respondido á un vecino de Lara, á quien habían enviado á pedir ciertos derechos que anualmente se pagaban en Ormuz por los mercaderes que alli residían á los gobernadores de Lara, por asigurar de los ladrones las caravanas de todo genero de mercancías que de la Persia iban y venían á Ormuz. Estos derechos, que se habían interpolado y dejado de pagar algunos años, demás de no querer don Luis pagarlos, que por ventura hiziera bien si tuviera valor para salir con ello, respondió al agente que venía á cobrarlos algunas intenpestivas y mas que ignorantes amenazas, con grandes descortesías al Cham de Xiras, de que él se dio por muy offendido. Y ansi, luego que sobrevinieron las querellas de los degollados en las terradas, que fue por los primeros de Octubre de 1614, llegó con tres mil hombres de los árabes del reino de Lara, Davris Bec, sobre el fuerte de Comoran.

Estaba por capitán entonces en él, Andrés de Quadros, hombre del todo ignorante, aun de aquel exercicio de guerra que se acostumbra en la India, y que solo procuraba grangear en aquel puesto, acomodado para la mercancia, no atendiendo á más los capitanes que entraban en aquella fuerza, aunque con poco cuydado se pudiera tener inexpunable.
Había en ella para su defensa sesenta soldados portugueses, que con algunos cristianos de la tierra y árabes del Mogostan, sin los esclavos, llegaban á pocas más de cien personas, pero casi sin artillería ni lugar cómodo para ponerla, porque no había sino dos medios falconetes y otros tres ó cuatro esmeriles. La fortaleza, que solo lo era de nombre, tenía una muy débil muralla; los cimientos, hasta media braza del suelo, de piedras pequeñas y barro, y luego una delgada tapia de media pica de alto, con dos torreoncillos en los ángulos que miraban á la parte de tierra, estando guardada por las espaldas con el mar, de donde no se le podía quitar el socorro que á cuatro leguas de distancia, le podía, siempre que quisiesen, venir fácilmente de Ormuz.

Y aunque con tan flaca defensa, no teniendo los enemigos artilleria, se defendían valientemente los pocos soldados que alli se hallaron, de manera que con los arcabuzes tenían á los árabes bien lejos de la muralla, siendo por espacio de casi dos meses más propiamente sitiados que conbatidos. Lo cual sabido en Xiras por Alaibec envió de socorro algunos soldados, los más de ellos arcabuzeros, que llegaron con mucha prisa al canmpo trayendo mandato muy riguroso suyo y del Soltan á Davris Bec, de que no voluvese sin tomar la fuerza, porque sigun el rey de Persia lo sentiría sí no se ejecutase ansí, corría riesgo la vida de entrambos. Comenzó luego Davris Bec á cavar algunas trincheas para poder llegar cubiertos los soldados y con picos derribar la mal fundada pared, que como era de la fábrica que se ha dicho, hizieron facilmente cuevas debajo de ella, sustentándola con puntales hasta acabar de minar la parte de ella que después de caída bastase por allí á dar el asalto.
Los portugueses, que por ser en tan poco numero no se atrevían á hacer sortidas, ni tenían instrumentos, ni industria para hacer contramina, arrojaban sobre los que estaban más cerca alcanzías de fuego, y á los mas apartados herían de arcabuzazos con que mataban á muchos. Y cierto que si tuvieran el capitán que para un caso semejante convenía, con un poco de socorro, que y vieran defendido honrradamente aquel fuerte; pero fue tanta la flaqueza de ánimo suya, que ni tenía sentido ni vigor para acudir ni oponerse al peligro que tenía delante, antes, viéndose enfermo aunque no tanto del cuerpo como del espíritu, envió muchas veces á suplicar á don Luis de Gama que pusiese persona competente para defender la fortaleza, porque no se hallaba capaz para asistir á su defensa, y que á él le diese licencia para se ir á curar á Ormuz.
No acudía á remediar este notorio peligro don Luis, pareciéndole que inportaba poco la perdida de aquel fuerte, siendo el más esencial propugnáculo que tenía la isla, ciudad y fortaleza de Ormuz, y con que se tenía entera posesión de mucha parte de aquella costa de la tierra firme de donde le iba á la ciudad agua y toda suerte de mantenimientos, y allí se cobraban los derechos de las caravanas que de Persia venían.

Y visto que muchas personas le advirtieron y pidieron enviase algún socorro á los pobres soldados que en tanto peligro estaban, envió en cuatro navíos sesenta ó setenta hombres, treinta de ellos portugueses; los demás eran cristianos de la tierra y moros de la sierra de Hamadi, cerca de la misma fortaleza del Bandel. Llegó por junto al fuerte con esta gente, una noche, al cuarto del alba, Juan de Sosa, un muy buen soldado;pero aunque juntamente con algunos pocos de los sitiados arremetieron á las trincheas de los árabes y persianos y peleando valientemente los echaron de ellas con muerte de muchos, no fue de casi ningún efecto aquesta facción, que lo fuera de muy grande si se ejecutara con número de gente, y se tiene por sin duda que de esta manera se pudiera forjar á los enemigos que del todo dejasen aquella empresa, porque el miedo que recibieron de aquella presta aremetida, aunque de tan pocos, fue de suerte que los más de ellos huyeron con gran desorden al lugar del Bandel, adonde Davris Bec estaba alojado, el cual lugar es de doscientas casas y menos de doscientos pasos del mismo fuerte.
Pero el mayor yerro, sino le quiseremos dar otro más feo nombre, que don Luis, este insigne capitán hizo, fue que siquiera á estos pocos soldados que tan valerosamente se habían portado no les dio orden para que se entrasen á defender aquel fuerte, desamparándolo y dejándolo en las uñas del enemigo. Y ansi, el Juan de Sosa se volvió á embarcar casi sin haber perdido nadie, con pocos heridos, y él pasada una pierna de un arcabuzazo. Entre los que más se señalaron en esta sortida, que tal nombre se le puede dar, fueron Marcial de Govea y el escribano del fuerte, llamado Antonio Díaz, que con otros cinco ó seis salieron á la refriega, y en ella perdió este las narices de una cuchillada.
Continuaba Andrés de Cuadros, capitán del desamparado Comoran con pedir á don Luis le quitase de allí, ó le enviase compañero y algunos soldados de socorro, pero á lo primero respondía que el que había hecho pleito homenaje, que en nuestro español es lo mismo que el juramento ó sacramento militar, de defender aquella fortaleza, ese mismo fuese el que la defendiese entonces, porque no quería que después quedase á su cargo la perdida de ella, y que los soldados no se los podía enviar porque los tenía para defender la ciudad y su fortaleza de Ormuz.

Tuvo nueva luego Alibec de como los sitiados se defendían y del daño que se había recibido en la sortida que se ha dicho, y temiendo la pena que se le había puesto si no tomaba aquella fortaleza, se partió luego para el Bandel con dos mil arcabuceros de la misma ciudad de Xiras, con que se apretó mucho más el sitio, labrándose luego otras dos minas.
Había sucedido pocos días antes de esto haberse quemado desgraciadamente Hernán de Silva, capitán de aquel golpho, á vista de una armada de terradas de los enemigos, y perdidose el navío en que iba huyendo y otros dos que iban con él, cuyo suceso desanimó mucho á los de Ormuz y puso mayor confianza en los persianos. Más porque con más actos se hiciese experiencia de la imprudencia del capitán de Ormuz, hallándose ya en el último trance los sitiados de Comoran, no tanto por el aprieto en que Alaibec los tenía, como desconfiados de socorro.
Se armaron en Ormuz siete navíos, que son fustas sin cubierta, y veinte tarranquines, y con trescientos soldados salió con ellos el capitán del mar que había sucedido á Hernán de Silva, llamado Domingo Nuñez, el qual llevó muy severa orden del capitán para que si llegando á vista de la fortaleza sitiada, la armada del enemigo fuese de más de treinta terradas, que de ninguna manera se arriscase á pelear, sino que luego se volviese sin intentar meter socorro en el fuerte. Hizolo ansi el Domingo Nuñez, no atreviéndose á salir del orden que le había dado, porque llegando cerca de la armada, que no era de más que sesenta terradas, en que solo había algunos árabes casi desarmados, volvió las proas de los navíos huyendo con mucha prisa. Los pocos marineros y pescadores que había en las terradas, y que al principio luego que descubrieron los navíos, muy alborotados y medrosos se habían comenzado á poner en huída, visto que la habían tomado primero los portugueses, cobraron ánimo y apretando los remos los fueron siguiendo diciéndolos grandes injurias, todo aquel espacio de mar, que es de más de cuatro grandes leguas, hasta muy cerca de la muralla de la fortaleza de Ormuz.

Quebrantó esto de manera el ánimo á los sitiados, que aunque hasta entonces se habían valerosamente defendido, comenzaron los de menos corazon, mayormente su pobre capitán, á tratar de rendirse en tiempo que habían ya los enemigos aportillado el xaribando y entrado muchos dentro del. Era el xaribando un corral ó patio cercado de una simple pared, contiguo y pegado por un lado á la muralla de la fortaleza, en que se solian rrecoger las caravanas de los mercaderes. Y aunque esta era poca pérdida, lo que más les amedrentó fué haberse en aquella sazón repentinamente arruinado uno de los torreones ó aparentes baluartes del fuerte, que los enemigos tenían muy minado. Aunque no faltó á esta coyuntura valor en algunos soldados, los cuales, demás de reprehender la cobardia de los que querían rendirse, se opusieron animosamente á reparar y defender la rotura del torreón, cerrándolo con pipas llenas de arena y fardos de los mismos mantenimientos que en tanta miseria tenían para sustentarse. Arremetieron con gran furia los soldados persianos de Xiras al portillo, antes que lo acabasen de cerrar y fortificar, peleándose hasta gran parte de la noche de una parte y otra, en que particularmente se señalaron Marcial de Gouea, portugués, ya nonbrado, y Fernán Rodríguez de Faria, que hacía officio de sargento mayor de la gente de guerra de Ormuz.

Otro día, ofreciéndole Alaibec á los sitiados salir libres con lo que cada uno tuviese, viéndose desamparados de todo socorro se rindieron; pero el cruelísimo bárbaro, capital enemigo de cristianos, quebrantando la fe que tenía dada les hizo poner duras prisiones á todos, saqueando miserablente aquello que en la fortaleza halló, [y] comenzó luego, trabajando en ello toda la gente que allí tenía, á derribarla; cuando llegaron á vista de aqueste tristísimo espectáculo doce navíos llenos de la más de la gente que había en Ormuz, y aunque pudieran quemar y destruir todas las terradas del enemigo, tampoco se atrevieron á hacer nada, volviéndose vergonzosamente con haber sido testigos de la ruína de aquella miserable fortaleza.
Y no solo quebrantó Alaibec la fe y palabra que había dado á los presos, pero en venganza, según se dice, de los que don Luis de Gama había mandado matar en las terradas, por cuya causa se comenzó esta guerra, mandó delante del degollar inhumanamente, dos días adelante, sesenta de los presos, de los cuales casi la mitad fueron portugueses. Y con esto, cargado de los despojos de Comoran, no perdonando á las imágenes y retablo de la iglesia, juntamente con los presos se fué victorioso á Xiras.

Fué mayor esta pérdida con haber luego que se comenzó el sitio saqueado toda la isla de Queyxome, subjecta á la ciudad de Ormuz y de donde cada día le va gran parte del agua y mantenimientos, con toda la leña que allí se gasta, dejándola después al rey de Ormuz con cierto tributo que le señalaron. De manera que con verdad se puede decir ser aquella isla la alhóndiga y principal almacén de mantenimientos de Ormuz, quedando desde entonces en poder de los persianos, de la forma que se ha dicho.
Y teniendo estos el mar libre, no más de con aquellos débiles barcos atravesaron aquel golfo y en la costa de Arabia saquearon la ciudad de Julfa, también del reyno de Ormuz, y tomando por esclavos á muchos, los demás, que fueron en gran número, murieron abrasados en las llamas de sus mismas casas después de haberle pegado fuego cruelmente los enemigos.

Fue cosa nunca vista lo que sucedió en esta guerra, pues habiendo sido hasta entonces los portugueses, sin contraste de nadie, señores de aquel mar, y teniendo entonces armada y soldados en ella tan superior á la de los enemigos, perdiesen todo lo que se ha referido, sin hacer ningún genero de resistencia, siendo lo que se perdió de tanta inportancia que sin ello quedó la ciudad de Ormuz y su fortaleza al arbitrio y voluntad de los persianos.
Y esto no por flaqueza de los soldados portugueses, habiéndose defendido sesenta hombres tres meses detrás una pared de tapias, sin capitán ni cabeza que los gobernase, sino conocidamente por la suma ignorancia y estólida demencia del capitán de Ormuz.

(García de Silva y Figueroa "Comentarios", Tomo II, Libro V, Capítulo VI, pp. 135 – 143)

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